Rosa Salinas es voluntaria de la oficina de la Cruz Roja Americana al servicio de Panhandle Plains.
Foto: Alexis Gonzalez/Cruz Roja Americana
Por Alexis Gonzalez
Para Rosa Salinas, ser voluntaria de la Cruz Roja Americana es mucho más que una manera de ocupar su tiempo. Así cumple una promesa que hizo hace décadas.
Casi todos los días, Rosa llega a la oficina de Cruz Roja Americana al servicio de Panhandle Plains con una sonrisa, lista para ayudar donde haga falta. Ya sea que apoye el reclutamiento de voluntarios, colabore en actividades de difusión junto al personal de Servicios de Voluntariado o realice tareas administrativas en la oficina, Rosa aprovecha cada oportunidad para servir.
Después de más de dos años como voluntaria de la Cruz Roja, dice que encontró justo lo que buscaba: un lugar para ayudar a los demás, retribuir a su comunidad y compartir amor con quienes más lo necesitan.
«Siempre quise hacer algo bueno», dijo Rosa.
Rosa nació en Lubbock, Texas, y creció en la zona. Vivió en Plainview durante 45 años antes de regresar a su ciudad natal. Poco después de regresar, conoció a un representante de la Cruz Roja a través de un programa comunitario para personas mayores. Ese encuentro la llevó a una oportunidad de voluntariado, y Rosa se sumó de inmediato.
«Fue muy emocionante», dijo Rosa. «Acababa de regresar a vivir aquí, así que realmente me ayudó. Encontré un lugar al que pertenecía».
El deseo de Rosa de ayudar a los demás nació mucho antes de convertirse en voluntaria. Cuando tenía apenas siete años, el hogar de su familia quedó destruido en un incendio. Todavía recuerda claramente el apoyo que su familia recibió de la Cruz Roja después del incendio.
«Nos dieron un lugar donde quedarnos esa noche», dijo. «Recuerdo haberle dicho a mi abuela: “Algún día voy a trabajar con ellos”».
La vida llevó a Rosa por muchos caminos antes de que se uniera a la Cruz Roja. Trabajó como maestra, se certificó como auxiliar de enfermería, estudió tecnología informática y asistencia legal, abrió y operó un negocio con su esposo y sacó adelante a su familia. Hoy es la orgullosa madre de cuatro hijos, abuela de 15 nietos y bisabuela de 16.
Su familia sabe que Rosa no tiene planes de jubilarse pronto.
«Me dicen que ya es hora de jubilarme y yo les digo que no», dijo con una sonrisa. «Si te diviertes, no hay necesidad de bajar el ritmo».
Lo que la hace volver una y otra vez es la gente.
«Me gusta mi trabajo. Me gusta estar aquí», dijo. «Todos me hacen sentir como en casa».
Rosa Salinas dona sangre durante una campaña de donación de sangre de la Cruz Roja en Lubbock, Texas, en abril de 2026.
Rosa Salinas junto a Deshun Avery, director ejecutivo de la Cruz Roja Americana al servicio de Panhandle Plains, y otros miembros de la Cruz Roja.
Disfruta especialmente viajar a eventos, conocer gente nueva y compartir la misión de la Cruz Roja. A principios de este año, Rosa llevó su compromiso un paso más allá al donar sangre por primera vez durante una campaña de donación de sangre de la Cruz Roja en abril.
«Me encanta ayudar a la gente», dijo. «Me encanta estar presente cuando me necesitan».
El amor que compartió con su esposo durante 47 años forjó su espíritu de servicio. A través de la enfermedad y las adversidades, Rosa permaneció a su lado hasta su último aliento. Hoy lleva esas lecciones de confianza, fe y compasión a todo lo que hace.
«No somos nada sin fe», dijo. «Nunca sabemos qué nos va a pasar. Otras personas necesitan nuestra ayuda. Necesitan apoyo. Necesitan que alguien les diga que todo va a estar bien».
Para Rosa, el voluntariado no se trata solo de retribuir. Se trata de vivir con propósito, compartir bondad y recordarles a los demás que nunca están solos.
Y para quien se pregunte si puede marcar la diferencia, su consejo es sencillo:
«Nunca digas nunca. Sí, puedes».
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